Ciclo


Es la hora.

Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Jesus.Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostræ. Amen.

Ambos se parecen al crepúsculo, hasta podría decir que lo son. Sus siluetas le dan forma al sol que lentamente fallece, el cual no tendría sentido sin sus contornos ensombrecidos, al menos aquí y ahora. Sin sus oraciones tal vez no vuelva a resucitar como cada mañana, para vivir en busca del ocaso. Quizá de eso se trate.

¿Quién sabe?

Siempre me pareció mágico este momento del día, aunque no crea mucho en estas cuestiones de lo divino. Me quedo con ellos y los imito en sus rituales, entregados a la plegaria con total devoción. Junto las manos, agacho la cabeza y la levanto de vez en cuando sin que se den cuenta, para observarlos. Acompaño balbuceando lo que recuerdo y me animo a terminar las frases. Aunque para mí no sean más que eso: palabras.


Al principio, cuando recién me destinaron a trabajar con Denisse y Félix, traté de buscar una razón en esas palabras –para ellos- sagradas. Intenté desde su significado y desde el de las oraciones completas, desde las entonaciones de sus voces, desde la cadencia de la pronunciación. Pero me di cuenta de que la naturaleza del culto es la repetición, ángelus tras ángelus. La misma hora, la misma postura, el mismo gesto y la misma intensidad hacen que este instante detenga el tiempo. Como un punto que existe por un punto anterior, y que va a dar a luz otro punto.

Sin importar la fatiga con que la jornada nos paga, ellos están renovando ese instante único. Hasta hace un rato sus fuerzas y las mías devinieron surcos. Yo no sé si piensan igual –creo que pienso mucho… qué otra cosa se puede hacer para aliviar diez horas de trabajo bajo este sol que se está ocultando- pero para mí lo que ellos llaman Dios está en la tierra. No sé muy bien cómo explicarlo, será por esto de la repetición. En una estación plantamos cebollas y en otra, las cosechamos, año tras año como mi padre y sus padres. Y si bien sobrevienen inconvenientes, la tierra responde repitiendo. Cual oración.

Oremus: Gratiam tuam quæsumus, Domine, mentibus nostris infunde; ut qui, angelo nuntiante, Christi Filii tui Incarnationem cognovimus, per passionem eius et crucem, ad resurrectionis gloriam perducamur.Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen.

-YO: ¿Nos vemos mañana?
-ELLOS (al unísono): Como siempre, Hugo.



Roberto César Fernández (aka co.2)

Imagen: “El Ángelus” (1859) de Jean-François Millet


4 comentarios:

  anztowa

20 de diciembre de 2008, 9:31

El eterno retorno aflora de distintas maneras, en distintas épocas. El trabajo dignifica y distrae, la religión nos promete volver.

  Lulet

22 de diciembre de 2008, 12:42

De imágenes y sonidos a letras.

Una maravilla.

  ale

22 de diciembre de 2008, 16:42

Esta obra es asombrosa... bueno por algo inspiro a tantos pintores famosos. Es el tiempo sostenido, la resignación mezclada con esperanza.

  martín

29 de diciembre de 2008, 5:38

... por dios!!!, tanta sensibilidad...